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29 Jun

 

Hoy es un día de festejo, de alegría, de júbilo… cómo cada año, estamos celebrando a nuestro santo patrono, el apóstol San Pablo, el apóstol de la unidad, el enviado por Jesús a llevar su mensaje a los hombres, el portador del amor de Dios.
San Pablo, con su carisma impetuoso, apasionado, intenso…, hace tiempo y en nuestro medio, inspiró a un grupo de personas visionarias, fortalecidas en la fe, para impulsar, con audacia, esfuerzo, entusiasmo, esperanza, una institución educativa sólida y pionera en su modalidad y propuesta pedagógica y que continuó, sin pausa, creciendo prestigiosa y vanguardista, gracias al ímpetu renovado de los que la continuaron forjando. Me refiero a nuestro querido colegio, que honra su nombre.
Hoy, vivimos un momento institucional histórico. Y somos nosotros los protagonistas, los que recibimos el llamado a continuar la obra, con el compromiso que eso implica.
Nuestro colegio celebra sus Bodas de Oro!. Sus primeros 50 años de vida. Lo vamos a celebrar durante un año completo con diferentes acciones; desde hoy y hasta el 29 de junio de 2020.
Un año dedicado a hacer visible nuestra historia, al reconocimiento de sus fundadores, al reconocimiento de tantos educadores que dejaron su testimonio y su corazón en la siembra cotidiana, que se fueron enriquecidos en sabiduría, experiencia y espíritu; al reconocimiento de las personas que trabajaron y trabajan para mantener los espacios acondicionados para que la tarea educativa sea más fructífera, al reconocimiento de las familias, que confiaron y confían, formando a sus hijos en esta casa, de los ex alumnos que retornan inscribiendo a sus hijos o se acercan a compartir sus logros y continúan sintiéndose parte de esta comunidad, al reconocimiento de cada uno de los que nos sentimos identificados cuando nos dicen paulinos…. Orgullosos de pertenecer a esta comunidad.
Cada uno, desde donde pudo y supo estar, dejó sus huellas personales, diferentes y únicas, pero unidas por un mismo sentir, el AMOR, que Pablo define como entrega, como servicio al otro, como esencia del ser misericordioso. Pareciera que por alguna razón, confluimos en este lugar, llamados a cumplir esta misión, desde diferentes lugares, en diferentes momentos, pero movidos por una misma vocación…, quizás el Amor divino, nos eligió y sin advertirlo, fuimos dejándonos iluminar y coincidimos en esta obra maravillosa, que constituye nuestro colegio.
Cuántas razones para agradecer a Dios!!! Y para pedir que su gracia se derrame en nosotros y podamos continuar creciendo en unidad y fortaleza, en comunidad y en misericordia.
Esta celebración nos compromete, más que nunca a vivenciar estos valores paulinos.
Para hacerlo posible, necesitamos hacer una profunda reflexión retrospectiva de nuestra vida y de nuestra misión educadora, que nos lleve a despojarnos del “hombre viejo”, como lo llamó Pablo, al hombre que fue, antes de aceptar a Jesucristo y entregarle su corazón. Ese hombre viejo que muchas veces se traduce en palabras hirientes, malos pensamientos, actos indebidos, rasgos de carácter que nos avergüenzan y que estamos invitados a dejar atrás para convertirnos en “hombre nuevo”, iluminado por la gracia y la misericordia, capaz de comprender sin juzgar, de evitar las divisiones, poniendo de si para lograr el consenso y alcanzar la meta, dando con generosidad, trabajando por la unidad, gracia que el apóstol se empeñó siempre en conservar.
Ser un hombre nuevo implica identificarse con Cristo, significa vivir en el Espíritu. El Espíritu habita en nuestros corazones. Dejarse conducir por el Espíritu, que nos da la vida en Cristo Jesús, lleva a que se manifiesten en nuestra vida la caridad, el gozo, la paz, la fortaleza, la bondad, la fe, la disciplina, la honestidad.
Benedicto XVI dice que el Espíritu Santo «es el alma de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la que eleva incesantemente hacia Dios un movimiento de oración, cuyos términos no podemos ni siquiera precisar» Pablo nos invita a ser cada vez más sensibles, a estar más atentos a la presencia del Espíritu en nosotros y a aprender a transformarla en oración.
El primero de los frutos del Espíritu en el alma del cristiano es el amor. El amor une, es la fuerza de cohesión que nos mantiene unidos al Padre por Cristo. San Pablo nos muestra el camino más eficaz hacia la unidad, llamándonos a vivir una vida digna de la vocación a la que hemos sido llamados, con toda humildad y serenidad, sosteniéndonos unos a otros con caridad, continuamente dispuestos a conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz, para continuar creciendo en nuestro ser y como comunidad de amor.
El gran desafío, sería, poder decir como San Pablo: «ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi».

 

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